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miércoles, 10 de junio de 2026

Vulnerables

 

 


Desde hace tiempo  y quizá desde el lugar de la escucha y el acompañar, que me permite esta profesión, vengo pensando en la vulnerabilidad como una condición de la propia vida. Todo lo vivo es vulnerable. 

Lo son los cuerpos, expuestos a la enfermedad, al desgaste y al paso del tiempo. Lo son los vínculos, que pueden fortalecerse, transformarse o romperse. Lo son los proyectos humanos, siempre sujetos a circunstancias que no controlamos por completo, Lo son los ecosistemas que sostienen nuestra existencia, las sociedades, las personas.

Ser vulnerable significa, en cierto modo, poder ser afectado.

Nada vivo permanece completamente aislado de lo que le rodea. Vivimos expuestos al encuentro, al cambio, a la incertidumbre, a la pérdida y también a la posibilidad del cuidado, del aprendizaje y del amor. La misma apertura que nos permite disfrutar, crear o vincularnos es la que nos hace susceptibles de sufrir. y por eso me pregunto si una parte importante de nuestro malestar actual no tiene que ver con la dificultad para aceptar esta realidad.

Vivimos rodeados de ideales de autonomía, control y autosuficiencia. Aprendemos a valorar la independencia, la fortaleza y la capacidad de resolver los problemas por nosotros mismos. Son valores valiosos, si, sin embargo, a veces parecen deslizarse hacia una fantasía más difícil de sostener: la de una vida protegida de la fragilidad. Como si depender de otros fuera un signo de debilidad. Como si pedir  ayuda constituyera un fracaso. Es como si el sufrimiento fuera  algo a evitar, esconder o ahogarlo en compulsiones variopintas  y creer convertirnos en seres completamente autosuficientes. 

Sin embargo, en la vida surgen constantemente acontecimientos que no podemos prever ni controlar, que limitan nuestro cuerpo o que alejan a  las personas que amamos, circunstancias que exigen ser sostenidos por otros y momentos en los que somos nosotros quienes sostenemos y nada de esto representa una excepción a la condición humana. Y quizá ahí se encuentre una de las paradojas de nuestro tiempo, recordarnos que nunca hemos sido tan independientes como imaginábamos y que nuestra existencia siempre ha estado entrelazada con la de otros. Necesitamos ser cuidados y cuidar, dependemos de vínculos, de comunidades y de entornos que nos sostienen y precisamente ahí reside buena parte de nuestra humanidad.

A veces tengo la impresión de que dedicamos demasiada energía a intentar protegernos de nuestra fragilidad y muy poca a mirarla y comprenderla. Quizá porque la confundimos con una carencia o  la interpretamos como una amenaza que deberíamos superar. Sin embargo, cuanto más escucho y observo la vida, más me pregunto si no será al revés, si no será precisamente el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad lo que nos permite habitar la existencia con mayor realismo, con más humildad y también con más compasión y serenidad.

 Aceptar que somos vulnerables no significa resignarse al sufrimiento ni renunciar a la autonomía. Significa reconocer que la vida nunca transcurre al margen de los límites, de la incertidumbre y de la necesidad de los demás, sino que la vida  sucede también en los cuidados, en los vínculos que sostienen cuando las fuerzas faltan, en la ternura, en la compasión, y en esa manera tan  humana que tenemos de encontrarnos precisamente allí donde más limitados nos sentimos .

                                                                            Elena Aurrecoechea Mariscal

 

jueves, 2 de octubre de 2025

Envejecimiento y lenguaje

Con los años, nuestro cuerpo cambia y también lo hace nuestro lenguaje. A veces nos sorprendemos buscando esa palabra que tenemos en la punta de la lengua o notamos que necesitamos un poco más de tiempo para responder. Y es fácil que esos pequeños olvidos nos generen dudas o preocupaciones. Pero no siempre estamos ante una pérdida de capacidades, muchas veces simplemente estamos viviendo un proceso natural del envejecimiento. Comprenderlo nos ayuda a mirarnos con tranquilidad y también a distinguir cuándo conviene consultar con un profesional. Lo habitual es que el acceso a las palabras sea un poco más lento, pero el vocabulario que guardamos dentro es mucho más rico y amplio que cuando éramos jóvenes. La experiencia vital, las lecturas acumuladas, las conversaciones mantenidas… todo eso nos da la posibilidad de una mejor comunicación, llena de matices y sentido. Es cierto que podemos tener pequeños olvidos, pero mientras no interfieran en nuestro día a día, forman parte de lo esperado y no de una enfermedad. Ahora bien, es cierto que hay algunos cambios que son necesarios atender, por ejemplo, si aparecen dificultades para comprender frases sencillas, una pérdida llamativa de palabras básicas o una desorientación frecuente, es recomendable pedir orientación profesional. Ahí es donde la logopedia y la neuropsicología pueden ayudarnos. La buena noticia es que podemos hacer mucho para cuidar el lenguaje a lo largo de los años. El cerebro adulto sigue teniendo capacidad de aprender y de reorganizarse. Leer, escribir, conversar, aprender algo nuevo… son formas de mantener el lenguaje vivo y activo. También es importante cuidar la audición, porque escuchar bien está muy relacionado con hablar y entender. Y no olvidemos el bienestar general: descansar, alimentarnos de manera equilibrada, movernos, mantener la curiosidad y compartir ratos con amigos, vecinos, nietos…todo eso también influye en cómo nos comunicamos. El lenguaje no se pierde inevitablemente con la edad, se transforma. Cada etapa nos regala una manera distinta de expresarnos. Y quizá lo más bonito es que, además de palabras, lo que compartimos es la experiencia de toda una vida. Mantenernos activos, con ganas de aprender, de conversar y de estar conectados con los demás, es la mejor manera de cuidar nuestras palabras. . Elena Aurrecoechea Mariscal

miércoles, 16 de julio de 2025

La logopedia: una cuestión de salud

 



La logopedia: una cuestión de salud

La logopedia es una disciplina sanitaria orientada a favorecer el bienestar integral de las personas a lo largo de toda su vida. Va mucho más allá de enseñar a hablar correctamente: trabaja sobre procesos neurológicos, fisiológicos, cognitivos y emocionales relacionados con la comunicación, el lenguaje, la voz, la audición, la deglución y la socialización.

Sin embargo, su reconocimiento dentro del sistema sanitario sigue siendo limitado, a pesar de la sólida evidencia científica que respalda su impacto positivo en la salud global.

Logopedia en la etapa neonatal

La intervención logopédica puede comenzar incluso antes del primer llanto. En las unidades neonatales, especialmente en bebés prematuros o con patologías congénitas, el logopeda evalúa y estimula funciones esenciales como la succión, la deglución y la coordinación oro-facial necesarias para la alimentación.

Pensemos en un bebé de semanas que no puede alimentarse por vía oral. Gracias a la intervención logopédica especializada, aprende a coordinar los movimientos de succión-deglución-respiración, reduciendo el riesgo de broncoaspiración, favoreciendo la nutrición y fortaleciendo el vínculo afectivo con su madre durante la alimentación.

Además, el logopeda acompaña también a las familias en estos primeros momentos, ayudándoles a comunicarse con sus bebés y a mantener el vínculo emocional, incluso en contextos hospitalarios hostiles.

Primera infancia: lenguaje, apego y desarrollo

En los primeros años de vida, el desarrollo del lenguaje es un marcador clave del neurodesarrollo. Las alteraciones en la adquisición del lenguaje oral y/o escrito pueden ser indicadoras de trastornos como el TDAH, los trastornos del espectro autista, los trastornos específicos del lenguaje, de la lectoescritura o del aprendizaje.

Estudios como los de Ortega et al. (2020) subrayan que una detección e intervención logopédica temprana mejora significativamente el pronóstico funcional, emocional y social del niño. Sin embargo, en la mayoría del territorio español, los logopedas siguen sin formar parte de los equipos públicos de pediatría ni de atención temprana hospitalaria.

En el entorno escolar: mucho más que rendimiento académico

Durante la etapa escolar, los problemas de comunicación afectan directamente al aprendizaje, la autoestima y la inclusión social. Dificultades en la comprensión lectora, en la expresión oral o escrita o en el uso social del lenguaje pueden condicionar de forma severa la trayectoria educativa y emocional de un niño.

Por ello, desde hace años, entidades como el Consejo General de Colegios de Logopedas (CGCL) y el Colegio Oficial de Logopedas del País Vasco (CLPV) reivindican la incorporación estable del logopeda en los centros escolares públicos. No se trata solo de atender al alumnado con necesidades específicas, sino de ofrecer una herramienta preventiva e inclusiva para toda la comunidad educativa.

En la adolescencia: identidad, expresión y salud mental

Durante la adolescencia, la comunicación se vuelve un eje crucial de la construcción de la identidad. Dificultades no tratadas en etapas anteriores pueden agravarse, afectando la expresión emocional, la participación social o incluso la salud mental. El logopeda también puede acompañar estos procesos, trabajando en habilidades conversacionales, voz, lectura, escritura o apoyo emocional vinculado a la autoimagen y la comunicación.

En el ámbito clínico: dignidad, autonomía y calidad de vida

En personas adultas y mayores con patologías neurológicas (ictus, traumatismos craneoencefálicos, ELA, Parkinson, Alzheimer...), la logopedia es clave para preservar funciones vitales como la alimentación, la comunicación o el habla.

El Institut Guttmann (2019) reconoce la intervención logopédica como esencial en la rehabilitación neurológica. En casos como la ELA, permite mantener por más tiempo la capacidad comunicativa y la seguridad al alimentarse, lo que tiene un impacto directo en la calidad de vida y la dignidad de la persona.

En enfermedades degenerativas como el Alzheimer, el trabajo del logopeda ayuda a ralentizar el deterioro del lenguaje, mantener conexiones emocionales con el entorno y favorecer la interacción social, todo ello desde una mirada centrada en la persona.

Logopedia en cuidados paliativos: cuando la palabra es lo último que queda

En contextos de final de vida, el logopeda acompaña para preservar la comunicación significativa en sus múltiples formas: una palabra, un gesto, una mirada, una elección. También colabora para mantener la capacidad de alimentarse, adaptando texturas y formas de ingesta para garantizar el confort y la autonomía hasta donde sea posible.

Escuchar un “te quiero”, elegir si beber un sorbo de agua o simplemente poder decir adiós... son gestos profundamente humanos que la logopedia puede sostener cuando otras funciones se apagan.


Una disciplina al servicio de la vida

Etapa de la vida

Intervención logopédica

Neonatal y primera infancia

Estimulación de la comunicación, alimentación segura, desarrollo del vínculo. Trastornos del desarrollo,  parálisis cerebral, síndromes y otras enfermedades raras

Edad escolar

Prevención del fracaso escolar, inclusión, comunicación, comprensión lectora, lenguaje, deglución ,voz

Adolescencia

Voz, dificultades de aprendizaje, apoyo emocional y social.

Edad adulta

Rehabilitación tras ictus o daño cerebral adquirido , afasias, disartria, disfagia, voz , enfermedades con afectación de la comunicación, deglución, voz.

Tercera edad

Disfagia, enfermedades neurodegenerativas, intervención paliativa.


A pesar de toda esta evidencia, la logopedia sigue teniendo escasa representación en el sistema sanitario público y en los centros de atención sociosanitaria. En la práctica, muchas familias deben recurrir a servicios privados para acceder a una atención que debería estar garantizada, lo que genera desigualdad y exclusión.

La logopedia es salud, es prevención, es dignidad. Su inclusión plena en el sistema sanitario, socio sanitario y educativo  noes solo una cuestión de justicia, sino una inversión en bienestar, autonomía y sostenibilidad social.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha subrayado el papel esencial de los profesionales de la logopedia en la prevención y rehabilitación en un mundo donde el envejecimiento y las enfermedades crónicas irán en aumento.

Es por todo lo expuesto la necesidad urgente que reclamamos los profesionales de la logopedia de reconocer su valor y garantizar que todas las personas —desde el nacimiento hasta el final de la vida— tengan acceso a una atención logopédica de calidad, universal y centrada en la persona.

 

Elena Aurrecoechea Mariscal

Logopeda colegiada 480039

 

Vulnerables

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