lunes, 13 de abril de 2026

La pérdida progresiva de un ser querido.

 



Sostener la pérdida progresiva de un ser querido.



En el contexto de enfermedades como el Alzheimer o de otros procesos de deterioro progresivo, la pérdida no ocurre de forma súbita ni claramente delimitada, sino de manera lenta, fragmentada y continua. No hay un único momento de ruptura, sino una sucesión de pequeños cambios que van modificando la relación y la forma en que la persona es reconocida, comprendida y sentida por quienes la rodean. Esto hace que la experiencia de la pérdida no se pueda organizar de manera lineal, porque no existe un “antes y después” claro, sino una transición prolongada en la que algo esencial va cambiando sin desaparecer del todo.


En este tipo de procesos, la persona sigue presente físicamente, pero la relación va transformándose de manera profunda. Se van alterando la memoria, la comunicación, la reciprocidad emocional y, en muchos casos, aspectos fundamentales de la identidad compartida. Esto genera una vivencia interna compleja, porque el vínculo no se rompe, pero tampoco permanece intacto. Se mantiene una forma de presencia que ya no responde a la misma lógica emocional de antes, lo que obliga a una adaptación constante por parte de quienes acompañan el proceso.


Es en este tipo de situaciones donde aparece lo que se conoce como duelo ambiguo. Se trata de un proceso de adaptación emocional a una pérdida que no es completa ni definitiva, y que por tanto no puede elaborarse siguiendo las fases habituales del duelo. La dificultad central reside en que no existe un cierre claro, ni un momento de despedida que permita ordenar internamente lo que está ocurriendo. La pérdida no se anuncia como un hecho consumado, sino que se va desplegando en el tiempo, obligando a una reorganización emocional continua.


Esta falta de cierre genera una experiencia emocional especialmente compleja, caracterizada por la ambivalencia. En este tipo de duelo pueden coexistir amor, tristeza, rabia, culpa, cansancio e incluso momentos de alivio, sin que ninguna de estas emociones sea excluyente de las otras. Esta convivencia emocional no es contradictoria en sí misma, sino una respuesta coherente a una situación que también es contradictoria: la de seguir vinculándose a alguien que ya no está del mismo modo.


El impacto de esta situación no es solo emocional, sino también físico y cognitivo. Al no existir una resolución clara, el sistema emocional permanece en un estado de adaptación prolongada, como si estuviera constantemente intentando reorganizarse ante una pérdida que no termina de completarse. Esto puede generar fatiga, sensación de sobrecarga, dificultad para descansar mentalmente y una vivencia de desgaste emocional continuo que no encuentra un punto de cierre.


En muchos casos, este proceso se acompaña de una sensación de desgaste acumulado, especialmente en quienes sostienen el cuidado o el vínculo de forma prolongada. No se trata únicamente del dolor por la pérdida, sino del esfuerzo sostenido de acompañar un proceso que no se detiene, que cambia de forma constante y que exige una adaptación emocional permanente. Esto puede generar momentos de agotamiento profundo, en los que aparece la necesidad de descanso emocional, sin que ello implique falta de amor o de compromiso.


Por todo ello, en este tipo de procesos no se trata de “superar” lo vivido ni de encontrar un cierre definitivo, sino de aprender a sostener lo que se va rompiendo. Es decir, poder convivir con una realidad en la que la pérdida continúa desarrollándose, sin exigirle a la experiencia una resolución que no puede llegar. El trabajo emocional consiste en integrar la incertidumbre, aceptar la transformación del vínculo y encontrar maneras de seguir viviendo mientras ese desgaste se produce, sin que ocupe por completo el espacio interno.

Elena Aurrecoechea Mariscal



viernes, 10 de abril de 2026

El consentimiento. Vanessa Springora


 En 2020, la escritora francesa Vanessa Springora publicó El consentimiento, un libro que no solo contaba su historia personal, sino que provocó un terremoto cultural en Francia.

Springora tenía 14 años cuando inició una relación con el escritor Gabriel Matzneff, que entonces tenía alrededor de 50. Durante décadas, Matzneff no ocultó este tipo de relaciones: las escribió en diarios, novelas y entrevistas, y fue celebrado dentro de ciertos círculos literarios.

Lo más impactante del libro no es solo el relato del abuso, sino cómo lo explica. Springora describe un mecanismo que hoy conocemos como “grooming”: una forma de manipulación en la que un adulto construye en una menor la ilusión de consentimiento. No hay violencia explícita, pero sí una relación profundamente desigual, donde la víctima cree elegir algo que en realidad ha sido inducido.


El libro también señala algo más incómodo: durante años, parte del mundo intelectual francés toleró o incluso justificó este tipo de comportamientos. En los años 70, tras las revueltas de Mayo del 68, surgieron corrientes que defendían la liberación sexual y cuestionaban las normas tradicionales. En ese contexto, algunos intelectuales firmaron peticiones para revisar las leyes sobre la edad de consentimiento, argumentando que los menores podían decidir sobre su vida sexual.


Hoy esas posturas son ampliamente criticadas. El caso Springora mostró con claridad los límites de esa idea de libertad: cuando hay una diferencia de poder tan grande, no puede hablarse de consentimiento real.

Tras la publicación del libro, Matzneff perdió el apoyo editorial e institucional que había tenido durante décadas. Se abrió una investigación judicial, aunque los hechos ya habían prescrito y no pudo ser condenado.


Más allá del caso individual, El consentimiento deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre cuando una sociedad convierte la transgresión en un valor sin preguntarse quién paga el precio?

No es solo la historia de una víctima y un agresor. Es la historia de un sistema que permitió, justificó y silenció.

Y me surgen muchas cuestiones …. 

¿En qué otras formas, hoy, seguimos justificando lo injustificable en nombre de la cultura, la libertad o el talento?

¿Qué cosas vemos normalizadas ahora que dentro de 20 o 30 años nos parecerán inaceptables?

¿Cuántas veces el prestigio, el poder o el reconocimiento sirven como escudo frente a conductas que en otro contexto serían condenadas?

¿Y cuántas voces, como la de Denise Bombardier en su momento, son ignoradas o ridiculizadas por señalar lo evidente?


Quizá el problema no sea solo lo que hace un individuo, sino los sistemas que lo permiten, lo protegen o prefieren no mirar. Porque estos casos no aparecen de la nada. Se construyen en silencio, en complicidades pequeñas, en justificaciones intelectuales, en la incomodidad de no querer confrontar.

Y tal vez la lección más importante no sea solo mirar al pasado, sino preguntarnos con honestidad:

¿qué estamos dejando pasar hoy?

Elena Aurrecoechea Mariscal

La pérdida progresiva de un ser querido.

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