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martes, 21 de julio de 2026

Seguir siendo quien soy ; repensar el concepto de autonomía personal desde la dignidad, la comunicación y el derecho a participar en la propia vida



Hay conceptos  que utilizamos con tanta frecuencia que corremos el riesgo de dejar de preguntarnos por su verdadero significado, como el uso de "autonomía personal"  en el marco de la discapacidad y la dependencia .

Desde hace años hablamos de promover la autonomía personal, de preservarla, de favorecerla y de situarla en el centro de los modelos de atención social y sanitaria. Está presente en las leyes, en los programas asistenciales, en los procesos de rehabilitación y en el discurso de todos aquellos profesionales que acompañamos a personas en diferentes momentos de su vida.

Sin embargo, quizá convenga detenernos en una pregunta esencial: ¿qué entendemos realmente por autonomía personal?

La respuesta no es una cuestión meramente conceptual. La forma en que definimos la autonomía condiciona nuestra manera de mirar a la persona, las necesidades que somos capaces de reconocer y los apoyos que consideramos necesarios. En definitiva, determina qué entendemos por cuidar y acompañar.

 Con la modificación de la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad y de la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia,  se vuelve a situar esta cuestión en el centro del debate. Más allá de las modificaciones normativas, supone una oportunidad para revisar el concepto de autonomía sobre el que hemos construido nuestros modelos de atención social y sanitaria.

Durante décadas hemos asociado la autonomía de la persona, casi de forma automática, con la independencia funcional. Hemos aprendido a valorar aquello que una persona puede hacer por sí misma: caminar, alimentarse, vestirse, desplazarse o realizar las actividades básicas de la vida diaria. Esta mirada ha permitido desarrollar sistemas de valoración, organizar recursos y mejorar la respuesta ante situaciones de dependencia. Ha supuesto un avance fundamental en la manera de comprender y atender las necesidades de muchas personas, pero quizá necesitamos ampliar esa perspectiva. La autonomía no puede reducirse únicamente a la capacidad de realizar actividades sin ayuda. La autonomía tiene que ver, sobre todo, con la posibilidad de dirigir la propia vida.

Ser autónomo no significa necesariamente no necesitar apoyos. Significa también poder comprender, elegir, expresar preferencias, mantener relaciones significativas y participar en las decisiones que afectan a la propia existencia.

Una persona puede necesitar ayuda para realizar muchas actividades cotidianas y conservar plenamente su autonomía si mantiene la posibilidad de decidir qué es importante para ella, cómo desea vivir o qué cuidados considera adecuados. Del mismo modo, una persona puede mantener una importante capacidad funcional y, sin embargo, ver limitada su autonomía si existen barreras que dificultan su participación en las decisiones sobre su propia vida.

Personalmente creo que esta diferencia de mirada no es solamente conceptual, es ética. De hecho, la bioética contemporánea ha contribuido a profundizar en esta idea, recordándonos que autonomía e independencia no son términos equivalentes. La independencia hace referencia a la capacidad de actuar sin ayuda; la autonomía hace referencia a la capacidad de orientar la propia vida conforme a los propios valores, deseos y preferencias.

Necesitar apoyo no disminuye la autonomía de una persona. Lo que puede limitarla es la ausencia de los apoyos necesarios para ejercerla.

Desde esta perspectiva, la atención centrada en la persona adquiere un significado más profundo. No consiste únicamente en adaptar recursos o individualizar intervenciones. Supone reconocer que cada persona mantiene una historia, una identidad, unos valores y un proyecto vital que deben continuar siendo respetados incluso cuando aparecen la enfermedad, la discapacidad o la necesidad de ayuda.

Las personas no somos únicamente aquello que podemos hacer. También somos aquello que hemos vivido, las relaciones que hemos construido, los recuerdos que conservamos y la historia que podemos compartir con los demás.

Paul Ricoeur planteó que la identidad humana tiene una dimensión narrativa: somos también la historia que contamos y que otros reconocen en nosotros. Cuando una persona atraviesa un proceso de enfermedad o discapacidad, esa historia no desaparece. Lo que puede verse comprometido es la posibilidad de seguir expresándola y participando en ella.

Es aquí donde la comunicación adquiere una dimensión esencial. No hablamos únicamente del lenguaje oral ni de una capacidad aislada susceptible de ser evaluada. Hablamos de algo mucho más amplio: la posibilidad de comprender y ser comprendido, de expresar necesidades, compartir emociones, transmitir deseos, mostrar desacuerdo, aceptar, rechazar, preguntar, decidir y mantener vínculos con quienes forman parte de nuestra vida.

La comunicación es una de las formas fundamentales de participación humana. A través de ella construimos relaciones, damos sentido a nuestras experiencias y hacemos presente quiénes somos. Por eso no puede ocupar un lugar secundario dentro de los procesos de atención sociales y sanitarios.

Garantizar la comunicación significa garantizar que una persona pueda seguir formando parte de las decisiones que afectan a su vida.

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 13 de diciembre de 2006 y en vigor desde el 3 de mayo de 2008, supuso un cambio de paradigma al reconocer que las personas con discapacidad son sujetos plenos de derechos y no únicamente destinatarias de cuidados o protección.

Este enfoque implica que la sociedad debe eliminar barreras y proporcionar los apoyos necesarios para que cada persona pueda ejercer sus derechos en igualdad de condiciones.

Dentro de esos derechos, la comunicación ocupa un papel fundamental. No como una prestación complementaria, sino como una condición necesaria para ejercer otros derechos: acceder a la información, expresar consentimiento, participar en la comunidad, establecer relaciones significativas y desarrollar un proyecto de vida propio.

La Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), publicada por la Organización Mundial de la Salud en 2001, supuso también un cambio decisivo en la forma de comprender la discapacidad. Frente a modelos centrados exclusivamente en el déficit, la CIF introduce una visión basada en la interacción entre la persona y su entorno, incorporando la actividad y la participación como elementos fundamentales del funcionamiento humano.

 Por tanto, la pregunta deja de ser únicamente qué capacidad se ha perdido. La pregunta pasa a ser qué necesita una persona para seguir participando en la comunidad y en la toma de decisiones entorno a su vida.

 Esta transformación tiene enormes implicaciones en los modelos de rehabilitación y atención socio-sanitaria. Porque la recuperación no puede entenderse únicamente como la restitución de una función aislada. La verdadera finalidad de cualquier proceso de apoyo debería   favorecer que la persona pueda continuar desarrollando su proyecto de vida en las mejores condiciones posibles.

La experiencia clínica demuestra, además, que las pérdidas más significativas para  las personas, que atendemos en nuestros servicios,  no siempre son las que aparecen reflejadas en las escalas de valoración. A menudo apuntan con dolor a  la conversación que ya no pueden mantener con un hijo o una pareja, a la dificultad para explicar un dolor, al  miedo a no comprender una información importante y a la inmensa frustración de no poder expresar una decisión o una emoción. No porque hayan dejado de pensar, no porque hayan dejado de sentir, sino porque las barreras para comunicarse pueden alejarlas de la posibilidad de comunicar y  participar.

La investigación en neurociencias y  el trabajo en la neuro-rehabilitación ha transformado profundamente nuestra comprensión sobre la capacidad de adaptación del cerebro y sobre las posibilidades de recuperación, compensación y apoyo a lo largo de la vida. Hoy sabemos que la comunicación puede adoptar múltiples formas y que proporcionar los apoyos adecuados tiene un impacto directo en la participación, el bienestar emocional y la calidad de vida de la persona a la que atendemos.

En este contexto, la nueva normativa en materia de discapacidad y dependencia representa una oportunidad para consolidar un cambio de mirada: comprender que promover la autonomía no consiste solo en compensar limitaciones funcionales, sino en crear las condiciones necesarias para que cada persona pueda seguir ejerciendo sus derechos.

Y aquí aparece una pregunta que interpela a todos los profesionales y a la sociedad en su conjunto:

¿Estamos haciendo todo lo necesario para que las personas continúen participando en las decisiones que dan forma a su propia vida?

Responder a esta pregunta exige mirar más allá de la funcionalidad. Exige reconocer que una persona no deja de ser autónoma cuando necesita ayuda.

La autonomía se ve comprometida cuando dejamos de ofrecer los medios necesarios para comprender, expresar, decidir y participar.

Porque una sociedad no demuestra su capacidad de cuidar únicamente atendiendo las necesidades físicas o funcionales de quienes requieren apoyo. También la demuestra cuando protege aquello que nos hace humanos: nuestra identidad, nuestra historia, nuestros vínculos y nuestra posibilidad de seguir formando parte de nuestra propia vida.

Eso es, en definitiva, seguir siendo  una persona autónoma.

Elena Aurrecoechea Mariscal

 


Proyecto de Ley de reforma de la Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, y del Texto Refundido de la Ley General de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social. Aprobado por el Congreso de los Diputados el 14 de julio de 2026.España



Naciones Unidas (2006).
Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 13 de diciembre de 2006. Entrada en vigor el 3 de mayo de 2008.

Organización Mundial de la Salud (2001).
Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF). Ginebra: OMS.

 Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia.
Boletín Oficial del Estado, núm. 299, de 15 de diciembre de 2006. España 

España. Real Decreto Legislativo 1/2013, de 29 de noviembre.
Por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley General de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social.

Gracia, D. (1989).
Fundamentos de bioética. 
Madrid: Eudema.

 

 

miércoles, 16 de julio de 2025

La logopedia: una cuestión de salud

 



La logopedia: una cuestión de salud

La logopedia es una disciplina sanitaria orientada a favorecer el bienestar integral de las personas a lo largo de toda su vida. Va mucho más allá de enseñar a hablar correctamente: trabaja sobre procesos neurológicos, fisiológicos, cognitivos y emocionales relacionados con la comunicación, el lenguaje, la voz, la audición, la deglución y la socialización.

Sin embargo, su reconocimiento dentro del sistema sanitario sigue siendo limitado, a pesar de la sólida evidencia científica que respalda su impacto positivo en la salud global.

Logopedia en la etapa neonatal

La intervención logopédica puede comenzar incluso antes del primer llanto. En las unidades neonatales, especialmente en bebés prematuros o con patologías congénitas, el logopeda evalúa y estimula funciones esenciales como la succión, la deglución y la coordinación oro-facial necesarias para la alimentación.

Pensemos en un bebé de semanas que no puede alimentarse por vía oral. Gracias a la intervención logopédica especializada, aprende a coordinar los movimientos de succión-deglución-respiración, reduciendo el riesgo de broncoaspiración, favoreciendo la nutrición y fortaleciendo el vínculo afectivo con su madre durante la alimentación.

Además, el logopeda acompaña también a las familias en estos primeros momentos, ayudándoles a comunicarse con sus bebés y a mantener el vínculo emocional, incluso en contextos hospitalarios hostiles.

Primera infancia: lenguaje, apego y desarrollo

En los primeros años de vida, el desarrollo del lenguaje es un marcador clave del neurodesarrollo. Las alteraciones en la adquisición del lenguaje oral y/o escrito pueden ser indicadoras de trastornos como el TDAH, los trastornos del espectro autista, los trastornos específicos del lenguaje, de la lectoescritura o del aprendizaje.

Estudios como los de Ortega et al. (2020) subrayan que una detección e intervención logopédica temprana mejora significativamente el pronóstico funcional, emocional y social del niño. Sin embargo, en la mayoría del territorio español, los logopedas siguen sin formar parte de los equipos públicos de pediatría ni de atención temprana hospitalaria.

En el entorno escolar: mucho más que rendimiento académico

Durante la etapa escolar, los problemas de comunicación afectan directamente al aprendizaje, la autoestima y la inclusión social. Dificultades en la comprensión lectora, en la expresión oral o escrita o en el uso social del lenguaje pueden condicionar de forma severa la trayectoria educativa y emocional de un niño.

Por ello, desde hace años, entidades como el Consejo General de Colegios de Logopedas (CGCL) y el Colegio Oficial de Logopedas del País Vasco (CLPV) reivindican la incorporación estable del logopeda en los centros escolares públicos. No se trata solo de atender al alumnado con necesidades específicas, sino de ofrecer una herramienta preventiva e inclusiva para toda la comunidad educativa.

En la adolescencia: identidad, expresión y salud mental

Durante la adolescencia, la comunicación se vuelve un eje crucial de la construcción de la identidad. Dificultades no tratadas en etapas anteriores pueden agravarse, afectando la expresión emocional, la participación social o incluso la salud mental. El logopeda también puede acompañar estos procesos, trabajando en habilidades conversacionales, voz, lectura, escritura o apoyo emocional vinculado a la autoimagen y la comunicación.

En el ámbito clínico: dignidad, autonomía y calidad de vida

En personas adultas y mayores con patologías neurológicas (ictus, traumatismos craneoencefálicos, ELA, Parkinson, Alzheimer...), la logopedia es clave para preservar funciones vitales como la alimentación, la comunicación o el habla.

El Institut Guttmann (2019) reconoce la intervención logopédica como esencial en la rehabilitación neurológica. En casos como la ELA, permite mantener por más tiempo la capacidad comunicativa y la seguridad al alimentarse, lo que tiene un impacto directo en la calidad de vida y la dignidad de la persona.

En enfermedades degenerativas como el Alzheimer, el trabajo del logopeda ayuda a ralentizar el deterioro del lenguaje, mantener conexiones emocionales con el entorno y favorecer la interacción social, todo ello desde una mirada centrada en la persona.

Logopedia en cuidados paliativos: cuando la palabra es lo último que queda

En contextos de final de vida, el logopeda acompaña para preservar la comunicación significativa en sus múltiples formas: una palabra, un gesto, una mirada, una elección. También colabora para mantener la capacidad de alimentarse, adaptando texturas y formas de ingesta para garantizar el confort y la autonomía hasta donde sea posible.

Escuchar un “te quiero”, elegir si beber un sorbo de agua o simplemente poder decir adiós... son gestos profundamente humanos que la logopedia puede sostener cuando otras funciones se apagan.


Una disciplina al servicio de la vida

Etapa de la vida

Intervención logopédica

Neonatal y primera infancia

Estimulación de la comunicación, alimentación segura, desarrollo del vínculo. Trastornos del desarrollo,  parálisis cerebral, síndromes y otras enfermedades raras

Edad escolar

Prevención del fracaso escolar, inclusión, comunicación, comprensión lectora, lenguaje, deglución ,voz

Adolescencia

Voz, dificultades de aprendizaje, apoyo emocional y social.

Edad adulta

Rehabilitación tras ictus o daño cerebral adquirido , afasias, disartria, disfagia, voz , enfermedades con afectación de la comunicación, deglución, voz.

Tercera edad

Disfagia, enfermedades neurodegenerativas, intervención paliativa.


A pesar de toda esta evidencia, la logopedia sigue teniendo escasa representación en el sistema sanitario público y en los centros de atención sociosanitaria. En la práctica, muchas familias deben recurrir a servicios privados para acceder a una atención que debería estar garantizada, lo que genera desigualdad y exclusión.

La logopedia es salud, es prevención, es dignidad. Su inclusión plena en el sistema sanitario, socio sanitario y educativo  noes solo una cuestión de justicia, sino una inversión en bienestar, autonomía y sostenibilidad social.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha subrayado el papel esencial de los profesionales de la logopedia en la prevención y rehabilitación en un mundo donde el envejecimiento y las enfermedades crónicas irán en aumento.

Es por todo lo expuesto la necesidad urgente que reclamamos los profesionales de la logopedia de reconocer su valor y garantizar que todas las personas —desde el nacimiento hasta el final de la vida— tengan acceso a una atención logopédica de calidad, universal y centrada en la persona.

 

Elena Aurrecoechea Mariscal

Logopeda colegiada 480039

 

miércoles, 11 de junio de 2025

Respirar, hablar, comer y sentir ; los pares craneales, nuestros nervios de cabecera.

 


Respirar, hablar, comer y sentir; los pares craneales, nuestros nervios de cabecera.

A menudo cuando alguien me pregunta qué hacemos exactamente los logopedas  en las unidades de neurorrehabilitación o  en nuestras consultas cuando atendemos a  personas con enfermedades neurodegenerativas, suelo responder que trabajamos con la voz, el lenguaje, la deglución…  pero realmente trabajamos con algo más profundo y menos conocido: el sistema nervioso.


En concreto, hay cinco nervios muy especiales que forman parte de lo que llamamos pares craneales, y que están directamente implicados en acciones tan cotidianas y tan importantes , como respirar, hablar, comer, tragar o sentir nuestra cara y boca. Son los pares craneales V, IX, X, XI y XII. Aunque parezcan solo letras y números, tienen un papel fundamental en nuestro día a día, y por eso hoy quiero contarte algo más sobre ellos.


Imagina que tienes doce cables que salen directamente del cerebro y se encargan de mandar y recibir señales a distintas partes de la cabeza, el cuello e incluso órganos más internos. Esos son los pares craneales. Cada uno tiene su nombre y su función, y muchos de ellos trabajan en equipo para que podamos, respirar correctamente,  hablar claramente, tragar sin atragantarnos, sentir, o saborear lo que comemos.


Cinco de estos nervios son especialmente relevantes para los logopedas, son esos compañeros invisibles responsables de todos nuestros gestos y funciones orales . Te los presento brevemente.


El nervio trigémino ( V): sentir y masticar

Este nervio es como un gran repartidor de sensaciones. Gracias a él, sentimos el tacto en la cara, los labios, los dientes y parte de la lengua. Pero además, activa los músculos que usamos para masticar. Cuando algo falla en el trigémino, puede aparecer dolor intenso en la cara o dificultad para mover la mandíbula. Los logopedas , ayudamos a recuperar esa movilidad y sensibilidad, con ejercicios que estimulan la zona orofacial y favorecen una mejor masticación.


El glosofaríngeo (IX): gusto y reflejo

Este nervio tiene un nombre largo, pero una función clara: recoger el gusto de la parte posterior de la lengua y participar en la acción de tragar. También está implicado en ese reflejo que todos conocemos cuando algo nos toca la garganta y sentimos que debemos toser o tragar. Cuando no funciona bien, la deglución se vuelve torpe o insegura. Aquí el trabajo del logopeda es clave: evaluamos cómo se traga y enseñamos maneras de hacerlo de forma más segura, evitando atragantamientos o molestias.


El vago (X): voz, deglución y respiración

El nervio vago es uno de los más interesantes. Recorre un largo camino desde el cerebro hasta el abdomen, y participa en funciones tan diversas como la voz, la deglución o el control de ciertos órganos internos. Si hay una lesión en este nervio, la persona puede tener una voz ronca, dificultad para tragar, o incluso alteraciones en la respiración al hablar. En esos casos, el logopeda propone ejercicios vocales, técnicas de protección de la vía aérea y pautas para adaptar la alimentación, buscando siempre preservar la seguridad y la dignidad del paciente.


El espinal (XI): postura y apoyo

Aunque este nervio no actúa directamente sobre la voz o la deglución, tiene un papel indirecto muy relevante. Inerva los músculos que mueven el cuello y los hombros, y una buena postura es esencial para hablar y tragar con eficacia. Cuando el nervio espinal está afectado, puede haber debilidad en esa zona, afectando la estabilidad de la cabeza y la coordinación de los movimientos. Desde logopedia, trabajamos en colaboración con otras disciplinas para mejorar la postura y facilitar así el trabajo vocal o deglutorio.


El hipogloso (XII): la lengua en acción

Y por último, el nervio hipogloso, responsable del movimiento de la lengua. Sin él, no podríamos articular bien las palabras ni empujar el alimento hacia la garganta al comer. Cuando este nervio no funciona correctamente, la lengua puede desviarse, estar débil o moverse con dificultad. En estos casos, el logopeda propone ejercicios específicos para fortalecerla y coordinar mejor sus movimientos, buscando que el habla sea más clara y que la deglución sea eficaz.


Cuando los nervios no responden… ahí estamos

Los logopedas trabajamos con personas que, por distintas razones —ictus, enfermedades neurológicas, cirugías, tumores— han perdido parte de la función de estos nervios. Nuestro trabajo es acompañarles en el camino de recuperar (o compensar) lo perdido, devolviendo seguridad al tragar, claridad al hablar y, muchas veces, la confianza al mirar a los demás y decir: “estoy mejor”.



Detrás de cada gesto cotidiano, hay un complejo engranaje neurológico que muchas veces pasa desapercibido. Pero cuando se rompe, entendemos su valor. Y ahí, en ese momento de fragilidad, nuestra intervención como logopedas cobra todo su sentido para


 ¿Te gustaría saber más sobre cómo evaluamos la deglución o en qué consiste una terapia vocal? Puedes escribirme o dejar un comentario. Me encantará seguir compartiendo contigo lo que hay detrás de este trabajo que tanto me gusta.

¿Qué hacemos cuando la vida no coincide con el relato que habíamos construido?

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