Desde hace tiempo y quizá desde el lugar de la escucha y el acompañar, que me permite esta profesión, vengo pensando en la vulnerabilidad como una condición de la propia vida. Todo lo vivo es vulnerable.
Lo son los cuerpos, expuestos a la enfermedad, al desgaste y al paso del tiempo. Lo son los vínculos, que pueden fortalecerse, transformarse o romperse. Lo son los proyectos humanos, siempre sujetos a circunstancias que no controlamos por completo, Lo son los ecosistemas que sostienen nuestra existencia, las sociedades, las personas.
Ser vulnerable significa, en cierto modo, poder ser afectado.
Nada vivo permanece completamente aislado de lo que le rodea.
Vivimos expuestos al encuentro, al cambio, a la incertidumbre, a la pérdida y
también a la posibilidad del cuidado, del aprendizaje y del amor. La misma
apertura que nos permite disfrutar, crear o vincularnos es la que nos hace
susceptibles de sufrir. y por eso me pregunto si una parte importante de
nuestro malestar actual no tiene que ver con la dificultad para aceptar esta
realidad.
Vivimos rodeados de ideales de autonomía, control y autosuficiencia. Aprendemos a valorar la independencia, la fortaleza y la capacidad de resolver los problemas por nosotros mismos. Son valores valiosos, si, sin embargo, a veces parecen deslizarse hacia una fantasía más difícil de sostener: la de una vida protegida de la fragilidad. Como si depender de otros fuera un signo de debilidad. Como si pedir ayuda constituyera un fracaso. Es como si el sufrimiento fuera algo a evitar, esconder o ahogarlo en compulsiones variopintas y creer convertirnos en seres completamente autosuficientes.
Sin
embargo, en la vida surgen constantemente acontecimientos que no podemos prever
ni controlar, que limitan nuestro cuerpo o que alejan a las personas que amamos, circunstancias que
exigen ser sostenidos por otros y momentos en los que somos nosotros quienes
sostenemos y nada de esto representa una excepción a la condición humana. Y
quizá ahí se encuentre una de las paradojas de nuestro tiempo, recordarnos que
nunca hemos sido tan independientes como imaginábamos y que nuestra existencia
siempre ha estado entrelazada con la de otros. Necesitamos ser cuidados y
cuidar, dependemos de vínculos, de comunidades y de entornos que nos sostienen
y precisamente ahí reside buena parte de nuestra humanidad.
A veces tengo la impresión de que dedicamos demasiada energía a intentar protegernos de nuestra fragilidad y muy poca a mirarla y comprenderla. Quizá porque la confundimos con una carencia o la interpretamos como una amenaza que deberíamos superar. Sin embargo, cuanto más escucho y observo la vida, más me pregunto si no será al revés, si no será precisamente el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad lo que nos permite habitar la existencia con mayor realismo, con más humildad y también con más compasión y serenidad.
Aceptar que somos
vulnerables no significa resignarse al sufrimiento ni renunciar a la autonomía.
Significa reconocer que la vida nunca transcurre al margen de los límites, de
la incertidumbre y de la necesidad de los demás, sino que la vida sucede también en los cuidados, en los
vínculos que sostienen cuando las fuerzas faltan, en la ternura, en la
compasión, y en esa manera tan humana
que tenemos de encontrarnos precisamente allí donde más limitados nos sentimos
.
Elena Aurrecoechea Mariscal
