miércoles, 5 de agosto de 2026

¿Qué hacemos cuando la vida no coincide con el relato que habíamos construido?



Cada persona construye, de forma consciente e inconsciente, un relato sobre su propia vida. No es un guion escrito de antemano, sino una historia interior que nos ayuda a comprender quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde creemos que caminamos.

A lo largo de los años vamos incorporando expectativas, proyectos e imágenes sobre nuestro futuro. Imaginamos relaciones, lugares, etapas y formas de vivir. Ese relato nos proporciona una cierta sensación de continuidad y seguridad, como si nuestra existencia tuviera un hilo que une lo que fuimos con aquello que esperamos llegar a ser. 

Pero la vida introduce elementos que no estaban previstos; una enfermedad, una pérdida, un cambio familiar, una separación, una decisión inesperada, un cambio de trabajo o simplemente el paso del tiempo pueden modificar aquello que dábamos por seguro. 

En esos momentos no solo cambia la realidad que nos rodea; también se transforma la mirada desde la que nos comprendíamos a nosotros mismos y  el futuro que habíamos imaginado o el lugar que creíamos ocupar en el mundo.

El filósofo Paul Ricoeur planteaba que nuestra identidad tiene una dimensión narrativa: nos comprendemos a través de la historia que somos capaces de construir sobre nuestra propia vida. No somos una realidad cerrada y definitiva, sino una historia que se va elaborando con el paso del tiempo. Los acontecimientos que vivimos forman parte de nosotros, pero no determinan por completo aquello que somos.

Por eso, cuando la vida no coincide con el relato que habíamos construido, la tarea no consiste simplemente en aceptar lo ocurrido, sino en encontrar una nueva manera de integrarlo en nuestra historia.

No siempre es fácil. Hay experiencias que nos obligan a detenernos y revisar muchas de las certezas sobre las que habíamos construido nuestra identidad. A veces tenemos que despedirnos de una versión de nosotros mismos para poder abrir espacio a otra nueva.

Este proceso requiere tiempo. No todo cambio trae consigo un aprendizaje inmediato, ni toda pérdida puede transformarse rápidamente en una oportunidad. Hay situaciones que primero duelen, que necesitan ser atravesadas antes de ser comprendidas e interiorizadas y poder dar respuesta a aquello que nos sucede.

Responder no significa controlar  ni aceptar pasivamente cualquier circunstancia. Significa reconocer la realidad en la que estamos y descubrir dentro de ella ese espacio desde el que podemos tomar una nueva posición ante aquello que estamos viviendo y seguir participando en la construcción de nuestra propia historia.

Todo ello lleva tiempo, calma y  permitirnos sentir   las  emociones que aparecen mientras vamos comprendiendo que nada permanece exactamente igual , que la vida está en continuo movimiento y que también nosotros vamos cambiando  con aquello que vivimos. Nuestra historia no es algo cerrado , sino un relato que se transforma con cada experiencia, con cada pérdida , con cada encuentro y con cada nueva manera de mirarnos a nosotros mismos.

Elena Aurrecoechea Mariscal





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