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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Lo que el Informe PISA nos está mostrando.




Estos días volvemos a hablar de PISA, de posiciones, de puntos que suben o bajan, de comunidades que están mejor o peor, de titulares que anuncian una nueva caída de los resultados educativos y, probablemente, muchos de nosotros tengamos una opinión formada sobre lo que ocurre. O quizá creamos tenerla.

Pero ¿qué es exactamente PISA y qué nos está diciendo realmente cuando señala que nuestros adolescentes tienen más dificultades en matemáticas, comprenden peor lo que leen o encuentran más dificultades para resolver determinados problemas?

PISA es una evaluación internacional que realiza la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) con estudiantes de 15-16 años , que pretende conocer hasta qué punto, nuestros adolescentes, pueden utilizar lo que han aprendido para comprender, razonar y enfrentarse a situaciones que van más allá de repetir unos contenidos aprendidos en clase.

Por tanto, cuando miramos los resultados de este informe no estamos mirando cuánto saben o cuánto recuerdan nuestros alumnos. Estamos evaluando, sobre todo, qué son capaces de hacer con aquello que saben.

Y sí, los datos de 2025 no son buenos.

España obtiene 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Son resultados inferiores a los de 2022 y sitúan a España por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias. En matemáticas y lectura son, además, los resultados más bajos de la histria española, desde que se realiza este informe.

Pero quizá lo más inquietante no sea el puesto que ocupamos, que también lo es, ni siquiera la comparación con otros países. Lo verdaderamente preocupante es que aumenta el número de adolescentes que no alcanza el nivel básico de competencia.

Y es aquí donde urge reflexionar.

Porque probablemente estemos ante un conjunto de variables y no ante una única explicación. Lo que no parece razonable, desde mi punto de vista, es convertir ninguna de ellas en una explicación completa.

Podemos hablar de las pantallas, de las redes sociales, de los cambios en los hábitos de lectura, de la atención, de la motivación, de la pandemia, de las familias, de las desigualdades socioeconómicas, de los profesores, de los recursos de los centros, de la diversidad que encontramos hoy en las aulas… Y seguramente haya elementos de verdad en muchas de estas cuestiones.

Se  está poniendo énfasis en el tema de pantallas , pero quizá el debate no debería plantearse simplemente en términos de pantalla sí o pantalla no.  Lo cierto es que no es lo mismo utilizar una tecnología para aprender, crear, investigar o comunicarse que pasar horas saltando de un contenido a otro, con estímulos constantes y poca capacidad para sostener la atención sobre una misma tarea. No es solamente la herramienta, sino el uso que hacemos de ella y las dinámicas que genera.Y esto ocurre en una etapa en la que los adolescentes todavía están desarrollando capacidades relacionadas con la regulación de la atención, la planificación, el control de los impulsos o la capacidad para sostener el esfuerzo cuando la recompensa no es inmediata. Por eso, reducir el problema a cuánto tiempo pasan delante de una pantalla probablemente sea tan insuficiente como pensar que las pantallas no tienen ninguna influencia sobre la manera en que viven, aprenden y se relacionan.

Pero incluso esto sería insuficiente para explicar los resultados.

En España han cambiado las características del alumnado, han aumentado determinadas necesidades educativas, la diversidad dentro de las aulas es mayor y los propios centros señalan dificultades relacionadas con la falta de profesorado y, especialmente, de personal de apoyo especializado. También encontramos cambios en el  entorno de las aulas y en algunos indicadores relacionados con la implicación familiar.

Sabemos, además, que las condiciones socioeconómicas están relacionadas con el rendimiento educativo. Las oportunidades para aprender no son exactamente las mismas para todos los niños y adolescentes, aunque el contexto tampoco determina por sí solo el resultado de cada alumno.

Y sí, la pandemia interrumpió aprendizajes, alteró rutinas, modificó las relaciones sociales y dejó efectos que todavía estamos intentando comprender. Pero tampoco explica por sí sola lo que estamos viendo. Algunas de las tendencias de deterioro ya estaban presentes antes de 2020.

PISA nos está mostrando, por tanto, el resultado final de muchas cosas que ocurren simultáneamente.

Una sociedad que ha cambiado y sigue cambiando a mucha velocidad. Una infancia y una adolescencia diferentes. Nuevas formas de relacionarnos con la información. Nuevas tecnologías. Nuevas necesidades educativas. Nuevas desigualdades. Nuevas dificultades dentro de las aulas. Familias que también viven bajo unas condiciones laborales y sociales diferentes. Profesores que tienen que responder a una diversidad cada vez mayor. Y un sistema educativo que intenta adaptarse a todo ello mientras, al mismo tiempo, se le exige que mantenga unos resultados.

Quizá el problema sea que todavía no hemos terminado de descubrir cómo acompañar educativamente ese cambio.

Y eso no significa que tengamos que renunciar a lo que sabemos que funciona y a lo que sabemos que no funciona. Precisamente porque el mundo ha cambiado, quizá tengamos que volver a poner en el centro algunas cosas que nunca han dejado de ser importantes: leer despacio, comprender antes de responder, escribir, memorizar, razonar, resolver problemas, conversar, escuchar, sostener la atención, tolerar la frustración de no saber algo todavía y experimentar la satisfacción de conseguirlo después de haberlo intentado.

No se trata de volver al pasado, sino de poder vivir mejor el presente.

Desde mi punto de vista, y como pedagoga, los resultados de PISA no son solamente una fotografía de lo que nuestros adolescentes están aprendiendo en las aulas. Son también una fotografía de la sociedad que estamos construyendo.

Y, por tanto, deberíamos preguntarnos

:

¿Qué ha cambiado en la manera en que nuestros niños y adolescentes viven, aprenden, se relacionan y piensan?

Y, sobre todo:

¿Estamos sabiendo acompañar ese cambio?

Elena Aurrecoechea Mariscal

  

lunes, 7 de julio de 2025

FAMILIA Y VACACIONES DE VERANO

 


Las vacaciones escolares suelen recibirse con alegría: llega el descanso, el tiempo libre, la posibilidad de estar juntos sin la presión de los horarios escolares, de los deberes, de las extraescolares. Es un momento que muchas familias esperan con ilusión, porque permite compartir más, reencontrarse, recuperar cierta calma. Pero a la vez, ese mismo tiempo que se presenta como una oportunidad, tiene momentos que pueden convertirse en un verdadero desafío.

Hay familias que organizan con antelación actividades, salidas, viajes, campamentos, y otras que van sobre la marcha, con lo que se puede y como se puede. Hay quienes disfrutan de esa flexibilidad para improvisar, y hay quienes se sienten completamente desbordados ante el exceso de horas sin estructura. En algunos casos, la ausencia de rutinas genera una sensación de caos, de no saber por dónde empezar el día, de niños nerviosos, padres agotados y una convivencia que se va enredando sin querer. Y es que, aunque las vacaciones suenen a relax, la realidad es que no todas las personas adultas pueden dejar sus responsabilidades o su trabajo, y conciliar se vuelve más difícil cuando los peques están en casa todo el día y la energía parece no agotarse nunca. Es fácil escuchar comentarios como “¡acaban de empezar y ya no puedo más!”, o “menos mal que la semana que viene empieza el campamento”. No es una queja sin sentido: es la expresión de un cansancio real que también merece ser reconocido.

 

Al mismo tiempo, las vacaciones son una ocasión valiosa para fortalecer el vínculo, para mirar más despacio, para acompañar desde otro lugar. Hay algo muy especial en ese tiempo compartido sin prisa, en los desayunos tranquilos, en las caminatas improvisadas, en las tardes de juego o en las conversaciones que nacen cuando nadie tiene que correr a ningún sitio. Muchas veces, no se trata de grandes planes, sino de esos momentos cotidianos que dejan huella: una tarde cocinando juntos, una siesta compartida, una risa que aparece en medio de un chapuzón.

 

Quizá por eso es importante cuidar un poco el ritmo, sin volver a imponer horarios rígidos, pero sí manteniendo ciertos hábitos que ayuden a que todo fluya mejor. Dormir bien, respetar las comidas, guardar algún espacio tranquilo en el día, puede marcar la diferencia. También puede ser buen momento para que los niños participen más activamente en pequeñas tareas, que ganen autonomía, que aprendan a aburrirse sin que eso sea un problema. No hace falta llenar la agenda ni estar haciendo cosas constantemente: el equilibrio muchas veces está en saber combinar actividades y tiempo libre, propuestas y juego espontáneo, presencia y también espacio propio.

Lo más importante, tal vez, no es cuánto tiempo pasamos juntos, sino cómo se vive ese tiempo. Mirarse de verdad, compartir, dejar que haya espacio para la alegría, pero también para el cansancio, para los desacuerdos, para todo lo que forma parte de convivir. Las vacaciones, con todo lo que traen, lo bueno y lo difícil, pueden ser una oportunidad para conectar, para conocer mejor a nuestros hijos, para redescubrirnos como familia. Y si a veces no salen como habíamos imaginado, si hay días caóticos o momentos tensos, también está bien. Porque lo importante no es que sean perfectas, sino que sean vividas, sentidas y compartidas desde la verdad y el cuidado mutuo.

“Lo esencial es aprender a estar con los hijos, no solo a hacer cosas con ellos.”

María Montessori

¡Feliz verano familias!

 

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