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miércoles, 7 de octubre de 2026

La figura del pedagogo, una profesión necesaria en el ámbito educativo.

 



La educación es un proceso complejo en el que intervienen múltiples variables: cognitivas, lingüísticas, emocionales, sociales y contextuales. Aprender no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino en desarrollar las capacidades y estrategias necesarias para comprender, organizar, utilizar y transferir esos conocimientos de manera progresivamente autónoma. Desde esta perspectiva, la figura del pedagogo adquiere un papel específico dentro del ámbito educativo.

La Pedagogía es la ciencia de la educación y tiene como objeto de estudio los procesos educativos, sus condiciones, sus dificultades y las estrategias destinadas a favorecer el desarrollo y el aprendizaje. El pedagogo, por tanto, no es únicamente un profesional vinculado a la orientación académica ni su función se limita al ámbito administrativo o de coordinación. Su formación le permite analizar los procesos de enseñanza y aprendizaje, identificar necesidades educativas, diseñar programas de intervención y asesoramiento y evaluar la eficacia de las medidas adoptadas.

En el contexto escolar, esta competencia resulta especialmente relevante porque las dificultades que presenta un alumno no siempre pueden comprenderse únicamente a partir de su rendimiento académico. Un bajo resultado puede estar relacionado con dificultades en comprensión, atención, memoria de trabajo, planificación, autorregulación, lenguaje, estrategias de aprendizaje o autonomía. La valoración pedagógica permite analizar estas variables desde una perspectiva educativa y determinar qué condiciones pueden estar interfiriendo en el aprendizaje y qué respuestas pueden favorecerlo.

Esta mirada es especialmente importante en una escuela que debe responder a una creciente diversidad de ritmos, capacidades y formas de aprender. El objetivo de la intervención pedagógica no debería ser únicamente identificar que un alumno tiene dificultades, sino comprender cómo aprende, dónde encuentra los obstáculos y qué apoyos necesita para avanzar.

En este sentido, el pedagogo puede desarrollar una función de asesoramiento y colaboración con el profesorado. Su intervención puede contribuir a transformar la información obtenida de la observación y la evaluación en estrategias educativas concretas. No se trata de sustituir la función docente, sino de aportar conocimiento especializado sobre los procesos de aprendizaje y colaborar en el diseño de respuestas ajustadas a las necesidades del alumnado.

La intervención pedagógica también puede dirigirse directamente al alumno. Las dificultades relacionadas con las funciones ejecutivas, la planificación, la organización, la comprensión lectora, las estrategias de estudio o la autonomía constituyen ámbitos en los que una intervención sistemática puede resultar relevante. En estos casos, el pedagogo puede diseñar programas individualizados o grupales orientados no solamente a mejorar el rendimiento, sino a desarrollar competencias que permitan al alumno adquirir un mayor control sobre su propio aprendizaje.

Uno de los conceptos especialmente vinculados a esta intervención es el de metacognición: la capacidad de conocer y regular los propios procesos cognitivos. Enseñar a un alumno a planificar una tarea, anticipar las dificultades, seleccionar una estrategia, supervisar su ejecución y valorar posteriormente el resultado significa enseñarle progresivamente a convertirse en un aprendiz más autónomo. Esta dimensión constituye una de las aportaciones fundamentales de la intervención pedagógica.

Del mismo modo, el pedagogo puede desempeñar una importante función preventiva. La detección temprana de dificultades permite intervenir antes de que estas se consoliden y tengan consecuencias más amplias sobre el rendimiento, la motivación o la autoestima académica. Observar cómo comprende un alumno, cómo organiza una tarea, cómo utiliza sus recursos cognitivos o cómo responde ante las demandas escolares puede proporcionar información relevante para determinar si necesita apoyos específicos o una valoración interdisciplinar.

La pedagogía, además, no puede entenderse actualmente de manera aislada. Los procesos de aprendizaje son multidimensionales y requieren, cuando las circunstancias lo aconsejan, la colaboración entre diferentes profesionales. Docentes, pedagogos, psicólogos, logopedas, terapeutas ocupacionales y otros especialistas pueden aportar perspectivas diferentes sobre una misma realidad. La intervención interdisciplinar no diluye las competencias profesionales; permite, por el contrario, construir una comprensión más completa de las necesidades del alumno.

El  pedagogo tiene también un espacio relevante en la formación y asesoramiento de los agentes educativos. La formación del profesorado sobre procesos de aprendizaje, funciones ejecutivas, dificultades de comprensión, estrategias metacognitivas o autonomía académica constituye una vía de prevención y mejora de la práctica educativa. Del mismo modo, la orientación a las familias puede contribuir a establecer condiciones adecuadas para el aprendizaje y a favorecer una mayor coherencia entre los diferentes contextos en los que se desarrolla el niño o adolescente.

Por tanto, reducir la figura del pedagogo a una función de orientación académica supone limitar considerablemente el alcance de una profesión cuyo campo de conocimiento está directamente relacionado con la educación y el aprendizaje.

La escuela necesita profesionales capaces de preguntarse no solo qué aprende un alumno, sino también cómo aprende, qué dificultades encuentra, qué estrategias utiliza y qué podemos modificar para favorecer su desarrollo.

Esta es, en esencia, una de las aportaciones fundamentales de la Pedagogía.

Dar visibilidad a la figura del pedagogo dentro de los centros educativos no significa ocupar espacios que corresponden a otros profesionales, sino reconocer una competencia propia: el conocimiento científico y aplicado de los procesos educativos y de aprendizaje.

En una educación que aspira a ser cada vez más inclusiva, preventiva, personalizada y basada en la evidencia, contar con profesionales capaces de analizar estos procesos, diseñar respuestas educativas y acompañar a docentes, alumnado y familias no debería considerarse algo accesorio.Debería entenderse como una parte más de una escuela que quiere, verdaderamente, enseñar a aprender.

Elena Aurrecoechea Mariscal

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Lo que el Informe PISA nos está mostrando.




Estos días volvemos a hablar de PISA, de posiciones, de puntos que suben o bajan, de comunidades que están mejor o peor, de titulares que anuncian una nueva caída de los resultados educativos y, probablemente, muchos de nosotros tengamos una opinión formada sobre lo que ocurre. O quizá creamos tenerla.

Pero ¿qué es exactamente PISA y qué nos está diciendo realmente cuando señala que nuestros adolescentes tienen más dificultades en matemáticas, comprenden peor lo que leen o encuentran más dificultades para resolver determinados problemas?

PISA es una evaluación internacional que realiza la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) con estudiantes de 15-16 años , que pretende conocer hasta qué punto, nuestros adolescentes, pueden utilizar lo que han aprendido para comprender, razonar y enfrentarse a situaciones que van más allá de repetir unos contenidos aprendidos en clase.

Por tanto, cuando miramos los resultados de este informe no estamos mirando cuánto saben o cuánto recuerdan nuestros alumnos. Estamos evaluando, sobre todo, qué son capaces de hacer con aquello que saben.

Y sí, los datos de 2025 no son buenos.

España obtiene 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Son resultados inferiores a los de 2022 y sitúan a España por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias. En matemáticas y lectura son, además, los resultados más bajos de la histria española, desde que se realiza este informe.

Pero quizá lo más inquietante no sea el puesto que ocupamos, que también lo es, ni siquiera la comparación con otros países. Lo verdaderamente preocupante es que aumenta el número de adolescentes que no alcanza el nivel básico de competencia.

Y es aquí donde urge reflexionar.

Porque probablemente estemos ante un conjunto de variables y no ante una única explicación. Lo que no parece razonable, desde mi punto de vista, es convertir ninguna de ellas en una explicación completa.

Podemos hablar de las pantallas, de las redes sociales, de los cambios en los hábitos de lectura, de la atención, de la motivación, de la pandemia, de las familias, de las desigualdades socioeconómicas, de los profesores, de los recursos de los centros, de la diversidad que encontramos hoy en las aulas… Y seguramente haya elementos de verdad en muchas de estas cuestiones.

Se  está poniendo énfasis en el tema de pantallas , pero quizá el debate no debería plantearse simplemente en términos de pantalla sí o pantalla no.  Lo cierto es que no es lo mismo utilizar una tecnología para aprender, crear, investigar o comunicarse que pasar horas saltando de un contenido a otro, con estímulos constantes y poca capacidad para sostener la atención sobre una misma tarea. No es solamente la herramienta, sino el uso que hacemos de ella y las dinámicas que genera.Y esto ocurre en una etapa en la que los adolescentes todavía están desarrollando capacidades relacionadas con la regulación de la atención, la planificación, el control de los impulsos o la capacidad para sostener el esfuerzo cuando la recompensa no es inmediata. Por eso, reducir el problema a cuánto tiempo pasan delante de una pantalla probablemente sea tan insuficiente como pensar que las pantallas no tienen ninguna influencia sobre la manera en que viven, aprenden y se relacionan.

Pero incluso esto sería insuficiente para explicar los resultados.

En España han cambiado las características del alumnado, han aumentado determinadas necesidades educativas, la diversidad dentro de las aulas es mayor y los propios centros señalan dificultades relacionadas con la falta de profesorado y, especialmente, de personal de apoyo especializado. También encontramos cambios en el  entorno de las aulas y en algunos indicadores relacionados con la implicación familiar.

Sabemos, además, que las condiciones socioeconómicas están relacionadas con el rendimiento educativo. Las oportunidades para aprender no son exactamente las mismas para todos los niños y adolescentes, aunque el contexto tampoco determina por sí solo el resultado de cada alumno.

Y sí, la pandemia interrumpió aprendizajes, alteró rutinas, modificó las relaciones sociales y dejó efectos que todavía estamos intentando comprender. Pero tampoco explica por sí sola lo que estamos viendo. Algunas de las tendencias de deterioro ya estaban presentes antes de 2020.

PISA nos está mostrando, por tanto, el resultado final de muchas cosas que ocurren simultáneamente.

Una sociedad que ha cambiado y sigue cambiando a mucha velocidad. Una infancia y una adolescencia diferentes. Nuevas formas de relacionarnos con la información. Nuevas tecnologías. Nuevas necesidades educativas. Nuevas desigualdades. Nuevas dificultades dentro de las aulas. Familias que también viven bajo unas condiciones laborales y sociales diferentes. Profesores que tienen que responder a una diversidad cada vez mayor. Y un sistema educativo que intenta adaptarse a todo ello mientras, al mismo tiempo, se le exige que mantenga unos resultados.

Quizá el problema sea que todavía no hemos terminado de descubrir cómo acompañar educativamente ese cambio.

Y eso no significa que tengamos que renunciar a lo que sabemos que funciona y a lo que sabemos que no funciona. Precisamente porque el mundo ha cambiado, quizá tengamos que volver a poner en el centro algunas cosas que nunca han dejado de ser importantes: leer despacio, comprender antes de responder, escribir, memorizar, razonar, resolver problemas, conversar, escuchar, sostener la atención, tolerar la frustración de no saber algo todavía y experimentar la satisfacción de conseguirlo después de haberlo intentado.

No se trata de volver al pasado, sino de poder vivir mejor el presente.

Desde mi punto de vista, y como pedagoga, los resultados de PISA no son solamente una fotografía de lo que nuestros adolescentes están aprendiendo en las aulas. Son también una fotografía de la sociedad que estamos construyendo.

Y, por tanto, deberíamos preguntarnos

:

¿Qué ha cambiado en la manera en que nuestros niños y adolescentes viven, aprenden, se relacionan y piensan?

Y, sobre todo:

¿Estamos sabiendo acompañar ese cambio?

Elena Aurrecoechea Mariscal

  

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